Murcia

El paisaje es un grito: Eduardo Ruiz Sosa construye una de las novelas más ambiciosas de la narrativa en español

Eduardo Ruiz Sosa presenta este martes su nueva novela en la Librería Libros Traperos de Murcia, en conversación con Diego Sánchez Aguilar

El paisaje es un grito (Candaya, 2026) llega a las librerías con la discreción que suelen tener los libros verdaderamente importantes: sin aspavientos de marketing, sin la tramoya del éxito prefabricado. Y sin embargo, quien se adentre en sus casi cuatrocientas páginas encontrará una de las novelas más exigentes, más perturbadoras y más necesarias que se han publicado en español en los últimos años.

Eduardo Ruiz Sosa, escritor nacido en Culiacán y radicado desde hace tiempo en Barcelona, lleva ya una trayectoria que invita al respeto: el Premio Nacional de Literatura Inés Arredondo, la Beca Han Nefkens, Anatomía de la memoria, El libro de nuestras ausencias. Pero con este nuevo libro el autor da un salto cualitativo que redefine sus propias posibilidades. El paisaje es un grito no es simplemente una novela sobre la migración, aunque lo sea. Es una novela sobre el lenguaje, sobre la memoria, sobre lo que le ocurre a un cuerpo y a una voz cuando el origen se convierte en una ruina sin nombre.

El muerto que conduce el relato

La novela arranca con una escena que condensa todo lo que vendrá: cuatro personas viajan en un Valiant por el desierto de la frontera norte de México. Uno de ellos, el Genízaro, lleva un tiempo muerto en el asiento trasero. Los otros tres —el Baldor, la Caticha, el Lombardo— lo saben, o lo intuyen, pero no dicen nada. Buscan El Presidio, el pueblo natal del muerto, un lugar que nadie sabe muy bien si existe.

Esta premisa, que podría sonar a realismo mágico de exportación, no funciona así en absoluto. Ruiz Sosa no cultiva el pintoresquismo ni la fábula alegórica al uso. Lo que construye es algo más incómodo: un tejido narrativo en el que el tiempo se dobla sobre sí mismo, los espacios geográficos se contaminan entre sí —Tijuana y Belfast, Praga y Providence, Culiacán y Dublín de abajo— y los nombres propios de los personajes parecen extraídos de una mitología fronteriza inventada con toda la precisión de un antropólogo y toda la libertad de un poeta.

El Genízaro muerto, que de algún modo sigue hablando a través de los recuerdos de quienes lo transportan, es la figura central de un libro que piensa la muerte no como ausencia sino como una presencia que lo contamina todo: "la muerte nos arroja al lenguaje", escribe Ruiz Sosa, y esa frase podría ser el epígrafe no escrito de toda la novela.

La sintaxis como territorio

Lo primero que golpea al lector es la prosa. Ruiz Sosa ha construido un estilo absolutamente propio: frases que se dilatan en enumeraciones caóticas y precisas a la vez, preguntas que quedan suspendidas sin respuesta, voces que se solapan en un narrador plural y cambiante que a veces dice "nosotros" y a veces cede la palabra sin previo aviso a uno u otro personaje. La puntuación funciona como respiración —a veces entrecortada, a veces larga hasta el vértigo— y el resultado es una novela que hay que leer en voz alta para entender del todo.

Hay en este libro una herencia clara de la gran literatura latinoamericana del siglo XX —Rulfo, Arreola, pero también el Bolaño más oscuro, el Juan Carlos Onetti de los espacios mentales—, aunque Ruiz Sosa no se queda en la cita: la digiere y la transforma en algo que suena a hoy, a ahora, a la violencia y el desamparo del presente.

La frontera como condición permanente

El paisaje es un grito no es una novela de tesis. No denuncia con el dedo en alto. Pero es imposible leerla sin que el peso político del mundo que describe —las maquilas, la deportación, los pueblos vaciados por la violencia y la migración, las fronteras como heridas geográficas— se instale en el cuerpo del lector con una persistencia que dura días.

El título, tomado de un verso del poeta Francisco Meza Sánchez —"Para un ave ciega / el paisaje es un grito"—, cifra la propuesta ética y estética del libro: el paisaje no es fondo neutro sino experiencia vivida en el cuerpo, grito antes que imagen. Los personajes de Ruiz Sosa no contemplan el desierto ni la sierra ni las ciudades donde terminan varados: los padecen, los atraviesan, los tienen dentro.

La novela está estructurada en secciones que llevan epígrafes de una biblioteca deslumbrante: Kavafis, Gilles Deleuze, Mary Shelley, Herta Müller, Armonía Somers, Maurice Blanchot. No son adornos eruditos. Cada epígrafe ilumina algo concreto en lo que sigue. Este es un libro escrito por alguien que ha leído mucho y que sabe exactamente por qué pone cada cosa donde la pone.

Una voz que Murcia puede escuchar esta semana

Eduardo Ruiz Sosa estará este martes 28 de abril a las 19:00 horas en la Librería Libros Traperos de Murcia, en conversación con el escritor Diego Sánchez Aguilar. Es una oportunidad que no debería desaprovecharse. El paisaje es un grito es el tipo de novela que necesita ser discutida, que genera preguntas sobre el lenguaje, sobre la violencia, sobre qué significa pertenecer a un lugar o a una lengua cuando ese lugar ha dejado de existir.

No es una lectura cómoda. Es una lectura necesaria.


El paisaje es un grito / Eduardo Ruiz Sosa / Editorial Candaya / 398 páginas

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